kapanga en auditorio sur


Kapanga celebró 30 años a pura fiesta en Auditorio Sur
El pasado 25 de abril, Kapanga convirtió al Auditorio Sur en una verdadera caldera festiva para celebrar sus 30 años de trayectoria. Lo que en la previa se anunciaba como un repaso por sus grandes clásicos terminó siendo algo más: una comunión total entre banda y público, sostenida por la energía, la memoria colectiva y el espíritu lúdico que siempre los caracterizó.
Desde temprano, el clima en la sala anticipaba una noche especial. No era un show más: era una celebración. Remeras de distintas épocas y grupos de amigos marcaban el carácter transversal de una banda que supo atravesar generaciones sin perder identidad.
Y cuando las luces bajaron, no hubo margen para la duda. Kapanga abrió con “Ahí viene Ramón” y el impacto fue inmediato: una descarga directa, sin preámbulos, que encendió el pogo desde el primer acorde. A partir de ahí, el recital tomó forma de viaje emocional, equilibrando euforia, nostalgia y complicidad con el público.
El recorrido por su repertorio fue tan certero como efectivo. “El Mono Relojero” desató uno de los momentos más intensos de la noche, con un campo completamente en movimiento, mientras que “No me sueltes” ofreció un respiro cargado de emoción, con el público coreando cada palabra desde un lugar más íntimo y romántico. En el medio, no faltaron himnos como “Desearía”, “Mesa 4”, “Fumar”, “En el camino”, “Contramano” y “El universal”, que funcionaron como postales vivas de distintas etapas de la banda, todas atravesadas por la misma respuesta: entrega total.
Con Martín Fabio como maestro de ceremonias, el show ganó en cercanía. Su carisma, mezcla de humor, desparpajo y oficio, fue clave para sostener el pulso de la noche. No hubo distancia entre escenario y público: cada intervención, cada arenga, reforzó la sensación de estar viviendo algo colectivo, casi ritual.
Lejos de apoyarse únicamente en la nostalgia, Kapanga mostró vigencia. Su fórmula —esa mezcla inconfundible de rock, cuarteto, ska y fiesta— sigue funcionando con naturalidad, sin forzar el paso del tiempo. La banda no se limita a recordar lo que fue: lo resignifica en el presente.
El cierre llegó con el Auditorio completamente rendido. Saltos, coros y una energía que parecía no agotarse marcaron el final de una noche que dejó en claro que, a 30 años de su nacimiento, Kapanga no solo sigue en pie: sigue siendo sinónimo de celebración.
Rondamon encendió la previa con una apertura medida y efectiva
La antesala de la fiesta estuvo a cargo de Rondamon, que asumió el desafío de abrir para Kapanga con una propuesta inteligente y bien calibrada. Lejos de intentar competir en intensidad desde el arranque, la banda eligió un camino más sutil: construir clima.
El inicio tuvo un tinte envolvente, casi hipnótico, con la apertura de “¿Quién es el loco?”, una introducción que marcó el pulso desde lo atmosférico y permitió que el público entrara en sintonía de forma progresiva. Desde ahí, el set fue creciendo sin apurarse, con una energía justa, contenida, pensada más en preparar el terreno que en arrasarlo.
Con un sonido anclado en el reggae y el ska, pero con matices modernos y una impronta relajada, Rondamon desplegó un repertorio que fluyó con naturalidad. Temas como “Nadie Sabe”, “La Tormenta”, “Puede Parecer” y “Suelto” consolidaron una lista dinámica, donde cada canción aportó a esa construcción gradual del clima.
Hubo una decisión clara en la forma: no saturar, no sobrecargar. La banda entendió su rol y lo ejecutó con criterio, entrando con la energía justa para encender la mecha sin hacerla estallar del todo. Esa dosificación fue clave: cuando el set terminó, el público ya estaba conectado, predispuesto, listo para que la noche alcanzara su punto máximo con la banda principal.
Originarios de la costa atlántica, Rondamon viene construyendo su camino con constancia dentro de la escena independiente, afianzando una identidad propia. Su paso por el Auditorio Sur se sintió como una expansión natural de ese recorrido, reafirmando su presencia ante el público del sur del conurbano bonaerense.
Sin estridencias pero con personalidad, Rondamon no solo cumplió: aportó el equilibrio necesario para que la noche tuviera un desarrollo completo, desde la sutileza inicial hasta la explosión final.


Fotos de Matías carrera 

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