Furia heredada: Kerry King incendió el Teatro de Flores
En una noche cargada de historia y distorsión, el Teatro de Flores se convirtió en un altar del thrash con la primera visita solista de Kerry King, el eterno guitarrista de Slayer, que vino a presentar su proyecto con un disco recién salido del horno: From Hell I Rise. Como antesala perfecta, Manifiesto calentó motores con una descarga poderosa de metal nacional, dejando al público listo para el ritual principal.
Minutos antes de que arrancara el show, el ambiente era una especie de reunión de veteranos de guerra: caras conocidas de los recitales de Slayer en Argentina se cruzaban entre los pasillos, compartiendo anécdotas y anticipando la tormenta. Y cuando las luces se apagaron de golpe, el estallido fue inmediato: “Diablo” marcó el comienzo del caos, mientras uno a uno fueron saliendo los músicos —entre ellos, Mark Osegueda (voz, Death Angel) y Phil Demmel (guitarra, ex-Machine Head)— y finalmente apareció él, Kerry, con su andar pesado, la guitarra al cuello, la cabeza rapada brillando bajo los focos y esas cadenas metálicas colgando que hicieron temblar el piso al sonar.
El público respondió con devoción, entregado desde el primer riff. Aunque del lado derecho del teatro algunos reclamaban que no se escuchaba bien la voz, desde la mitad hacia atrás el sonido era demoledor. La banda sonó ajustada, con una furia intacta y una potencia que hizo vibrar cada rincón del lugar.
El setlist fue un repaso brutal por lo nuevo y lo clásico. Temas como “Where I Reign”, “Trophies of the Tyrant”, “Residue” y “Idle Hands” dejaron claro que King no está mirando atrás, sino que vino a patear cabezas. Sin embargo, hubo lugar para momentos de nostalgia: sonaron bombas de Slayer como “Repentless”, “Disciple”, “At Dawn They Sleep”, “Raining Blood” y “Black Magic”, todas celebradas con pogos furiosos y cuernos en alto. También se coló “Purgatory”, en homenaje a Iron Maiden, mostrando que el ADN del metal clásico sigue corriendo por sus venas.
El cierre fue con “From Hell I Rise”, título que resume su postura actual: renacido del infierno, con la guitarra como cruz y el riff como bandera. Cuando todo terminó, la comunión con el público fue total. Los músicos se acercaron a entregar púas, palillos, y algunos afortunados se llevaron hasta setlists como trofeos de guerra.
Lo de Kerry King no fue simplemente un show: fue una ceremonia de reafirmación. El legado de Slayer sigue ardiendo, pero ahora tiene un nuevo capítulo con nombre propio.
Fotos de Alberto acosta
Crónica Pablo reinante


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